Las ruinas de Alepo denigran la condición humana.
Las imágenes de niños rescatados de entre los escombros, cubiertos de sangre y de polvo, provocan dolor indescriptible.
Los continuados bombardeos de hospitales despiertan la ira.
Las noticias sobre el fracaso de hipócritas intentos negociadores hacen sentir vergüenza.
Que cientos de miles de seres humanos, mujeres, niños, hombres, lleven meses encerrados en una ciudad destruída, sometidos a hambre, sed, dolor y miedo, horroriza.
Que esos cientos de miles de seres humanos sean utilizados como peones de ajedrez, listos para ser sacrificados en una siniestra partida que se juega en lejanos y lujosos despachos, da náuseas.
Que la partida continúe mientras las bombas siguen matando niños y destruyendo física y psicológicamente a los asediados, generan deseo de presentar la la dimisión como ser humano.
O de incitar a la rebelión contra los de los altos despachos que deciden dónde deben caer las bombas para que hagan más daño y aumente la presión sobre el enemigo.
Contra los que se manifiestan incapaces de pararlos.
Contra las mafias que abusan de quienes huyen de la muerte y el horror.
Y contra quienes se comprometen, presionados por una creciente demanda ciudadana, a acoger a varios millares de refugiados, y hasta ahora apenas han traído a medio millar
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
viernes, 14 de octubre de 2016
sábado, 19 de marzo de 2016
MEJOR LES HUBIERA IDO CON UN TERREMOTO
Si su país, en vez de estar siendo sistemáticamente devastado por una guerra, hubiera sufrido un terremoto, probablemente les habría ido mejor.
Europa y los países desarrollados habrían enviado aviones con ayuda humanitaria, habrían montado hospitales de campaña e incluso instalado grandes tiendas del ejército o barracones prefabricados. Los Estados y las organizaciones internacionales movilizarían algunos recursos para las reconstrucción del país y hasta algunas televisiones organizarían maratones solidarios para recaudar fondos.
Pero no fue un terremoto. Su país está siendo sistemáticamente devastado desde hace cinco años por una guerra en la que un dictador, las fuerzas de oposición, los kurdos, los fanáticos del Estado Islámico y algunos otros grupúsculos se matan unos a otros y destruyen concienzudamente casas, escuelas y hospitales.
No han tenido más remedio que huir y todo apunta a que no podrán volver a su casa en mucho tiempo. Son familias normales y, en no pocos casos, profesionales destacados, que podrían aportar trabajo y sangre joven a la vieja Europa. Pero son también personas de distintas costumbres, culturas y religiones. Y hay un gran temor de que con ellos puedan tratar de entrar terroristas y maleantes varios.
Además, no se trata de una ayuda ocasional, de las que hacen brillar por unos días como campeones de la solidaridad, sino de permitirles entrar e instalarse por un tiempo indeterminado.
Así que Europa considera que lo más sensato es cerrarles la puerta en las narices, dejar que traten de sobrevivir en el barro con sus niños en tiendas de juguete, y enviarlos de vuelta al otro lado del Egeo. Con la mayor rapidez. Luego ya se verá si se va admitiendo a algunos.
Con calma. Que las cosas hay que hacerlas bien. Aunque las cifras de personas a admitir en un año no llega al 0,1% de la población europea, da trabajo. Y es un problema para esta Unión en horas bajas de cohesión y solidaridad. Las prioridades van por otro lado.
Mejor les hubiera ido con un terremoto. Pero son víctimas de una guerra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)